viernes, 20 de agosto de 2010

Entre Ángeles

Lo que me distingue de los demás, no es mi cabello rizado y negro como la misma noche sin estrellas, mis ojos hipnotizantes y cautivadores que constantemente cambian de color de verde a café oscuro, ese espíritu libre que he tenido desde niña, o mi obsesión compulsiva por absolutamente todo lo que tenga que ver con el arte; son las cosas pequeñas e insignificantes las que te darían una pista de quién soy en realidad.
El hecho de que siempre lleve listones de colores atados como pulseras alrededor de mi muñeca izquierda, que mi ventana esté tapizada con fragmentos de canciones, pensamientos, frases y citas reconocidas con las cuales despierto, contemplo y sonrío cada mañana, que el cantar en voz baja durante un momento o situación donde me encuentre nerviosa o asustada, me tranquilice y relaja; es lo que tiene peso para revelar el secreto; pero mas que nada, solo tienen historia que nunca debería contar.
Que me gustan los gatos, que mi fruta favorita desde que tengo memoria es la uva, y que poseo un carácter un tanto dominante, son otras cosas que me caracterizan. Pero a cualquier persona le pueden gustar los gatos o las uvas, y hasta ser un poco mandón de vez en cuando. Y de entre todas esas cosas tan pequeñas, creo que lo que te da una idea de quién es Gabriel, es el que recuerde en secreto la mayoría de mis vidas pasadas y que a pesar de haber probado la gloria del cielo, me he condenado a la tierra por el resto de la eternidad.
Si, cosas insignificantes.





Capítulo 1

Era un día soleado, y la vista que se apreciaba desde el palacio era inimaginablemente hermosa, se iluminaban las pirámides-que guardaban en ellas a sus ancestros y generaciones pasadas-de manera que tomaban un color oro brillante; era tan agradable por fin ser parte de algo, tener una familia, y un futuro que parecía en su favor. Había esperado tanto para terminar con todo, vivir plenamente y después morir para alcanzar la gloria con los dioses, pero aún le faltaba más tiempo del que había pensado, aún mucho más, y no podía esperar a que ese día llegara.
“Madre, tengo hambre.” Quitó la mirada del bello paisaje para encarar a su madre, la reina de Egipto, la hermosa y encantadora Cleopatra Filopator Nea Thea.
“¡Guardias! ¿Qué te apetece Cleo?” Llamó para que atendieran los antojos de la joven princesa Cleopatra Selene.
“Si, su majestad.” Llegó un muchacho con ropas de algodón sucias y algo mojadas por el sudor de su frente, era un muchacho bastante atractivo que hacia que Cleo no quitara la mirada de sus ojos azules-tan azules como el río Nilo- y que aun que sabía que el no era con el que tendría que acabar, imaginaba que sería una gran aventura pasar algún tiempo con el.
“La princesa tiene hambre.” Dijo la reina con firmeza, sosteniendo la mirada sobre el rostro de Selene que la miraba con dulzura. “Hm… se me apetece un racimo de uvas, mis favoritas.” Volteó a mirar coquetamente al joven-Cmun como todos lo conocían, según se decía porque sus ojos eran idénticos a los del dios de las fuentes del  Nilo Cmun-que rápidamente desvió la mirada al sentir los ojos de la reina impacientes sobre él para que se marchara. Cleo, al darse cuenta de lo que acababa de ocurrir miró a su madre y le dijo: “Madre, sabes que no estaré por mucho tiempo, y mientras tanto quiero divertirme, tener una distracción antes de que suceda lo que me espera.” Se mostró un poco inquieta y enfurecida al tener que recordarle por milésima vez el porqué de su comportamiento tan inapropiado con un guardia o con un sirviente real, hasta con un esclavo en alguna ocasión, que era el verdadero motivo por el cual su madre se sentía tan sola y triste de vez en cuando.
“Lo se amada hija, pero sabes mis sentimientos hacia lo que haces, pero más que nada, con quién lo quieres hacer, trata con un príncipe, con alguien de posición real y que merezca tu tiempo, no con cualquier muchacho que esté dispuesto a traerte tu fruta preferida cada vez que se te antoje.” Estaba desesperada por conseguir su atención y más que nada su razonamiento.
La princesa suspiró al ver a Cmun entrar a la gran terraza esquivando los hermosos ojos de la princesita y llevándole dos racimos en un plato de oro decorado con una inscripción que su madre había mandado grabar cuando apenas ella era una niña. Mi amor no durará por siempre, durará para toda la eternidad. Cleo adoraba la inscripción que su madre le había dedicado, pero sabía que no era verdad, nuca lo fue y nunca lo sería, y no era porque no la quisiera, era porque no se puede amar después de una vida, y ella quería tanto que fuera verdad.
“Gracias, puedes retirarte.” Lo dijo sin quitar la vista del plato, tan firme y segura como su madre lo habría dicho, una verdadera  reina. Reconsideraría todo, no nada más por lo que había dicho su madre, por lo que seguía, el poco tiempo que le quedaba, de hecho ya podía sentirlo, lo había experimentado tantas veces, cansada, como un sueño del que no querría despertar nunca el que la llamaba para dejar el espacio y el tiempo en el que se encontraba; y ella simplemente como una rutina se dejó llevar por él.
Dejó el plato sobre el cómodo sillón y dio una última mirada al sol que se ponía ante sus ojos. Otro final. Pensó al mismo tiempo que dejaba que una lágrima recorriera su mejilla sin dejar su posición recta y sin signo de debilidad alguna. Su madre volteó para ver lo que pasaba y al verla lo supo.
“¡Guardias!” Gritó con una desesperación que nunca había dejado mostrar ante nadie, tenía miedo la reina, y no por ella, por su hija. Era demasiado tarde, comenzaba a cerrar los ojos lentamente y a soltar su cuerpo de la tensión que la abrumaba. Cleoparta corrió a su lado para sostenerla antes de que golpeara el suelo y exhalara su último aliento. La princesa había muerto.

1 comentario:

  1. Y lo que te distingue de los demás, es tu capacidad de crear y de ser original, de expresar con creces lo que piensas y sientes, y eso, es algo que cada vez se ve menos... aparte de ser el primero en comentar (genial) te quiero felicitar, y ya estás en mis páginas favoritas

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